domingo, 25 de abril de 2010

Los Atributos de Dios.

 

Los Atributos de Dios.

 

Los Atributos de Dios son perfecciones que manifiestan su esencia. No difieren de ella.

Lo que son sus Atributos son Él mismo, y manifiestan algún aspecto particular y totalizante de su infinito ser, de su infinita esencia y de su inconmensurable substancia.

 

Los Atributos de Dios son la inmensidad, la omnipotencia, la bondad, la benignidad, la misericordia, la sabiduría, la veracidad, la justicia, la belleza, la simplicidad, (no compuesto por nada, espíritu puro), la unicidad, la infinitud (sin límites), la inmensidad, la inconmensurabilidad, la eternidad (sin sucesión de días ni horas, de acontecimientos, en eterno presente), la inmutabilidad (no cambia), inconmutable, inefable, la incomprensibilidad, indecible, innombrable, la singularidad, la felicidad. Además es increado, uno y único, entre otras cosas.

 

Necesidad y libertad: Tenemos que decir que Dios se ama necesariamente a sí mismo y a las cosas distintas de sí libremente, como para crear o no crear el mundo, haberlo hecho de esta manera o de otra distinta, redimirnos de esta forma o de otra.

 

La omnipotencia: Hace al Obrar divino y es un atributo de su voluntad. Dios todo lo puede.

 

De aquí se deriva la Soberanía Universal de Dios, que comprende un dominio ilimitado, tanto de jurisdicción (en todos lados) como de propiedad (en todas o de todas las cosas).

 

En la persona humana requiere la aceptación de la Divina Voluntad (hacer la Voluntad de Dios) para remarcar la armonía universal y hacer valer la omnipotencia divina benéficamente.

 

La bondad: El íntimo ser de Dios es bueno por naturaleza, y ello corresponde también a su voluntad, pero en sí mismo. Posee todas las infinitas perfecciones que le corresponden, por lo que es bueno en sí, y es bueno en relación a los demás porque es capaz de perfeccionar a otras cosas (“el bien es difusivo”, y por ello realiza la creación en el tiempo y en el espacio).

 

La santidad de Dios: Tiene Él una bondad moral esencial, apartado totalmente del pecado, de tal manera que no puede pecar. Además es Fiel, sus pensamientos y sus obras concuerdan plenamente.

 

La benignidad: La benignidad es la capacidad operante de hacer el bien a los demás.

Dios demuestra su benignidad en la infinitud de bienes espirituales y materiales que derrama sobre su creación, en particular el hombre, varón y mujer (creación, conservación, providencia, redención, santificación, resurrección), haciéndolos participar difusivamente de su bondad.

 

La belleza de Dios: Dios es infinitamente bello:

Reúne las tres perfecciones que señala Santo Tomás de Aquino en su grado máximo para que algo sea hermoso:

1) Absolutamente perfecto;

2) la proporción y consonancia de las formas está superada en su absoluta simplicidad, plena de riquezas;

3) la claridad y luminosidad está dada en que siendo espíritu simple y puro, es el ser más claro y luminoso, trascendiendo la hermosura de todas las creaturas.

 

Por ello los seres creados, son más o menos bellos en cuanto más se asemejen a la máxima hermosura y esplendor, que es Dios.

 

La misericordia: Es parte de la benignidad de Dios, en cuanto que aparta de las creaturas que se entregan a Él la miseria de las mismas, y las eleva a una elevada participación en su vida divina, según la capacidad de cada uno. Se asocian la ternura y la amabilidad supremas.

 

No cabe en Él la com-pasión (no puede padecer), sino el efecto de remediar el mal creatural.

 

La justicia: Esencialmente y en lenguaje bíblico, la justicia es la perfección de la santidad, ya vista en Dios.

Sin embargo, según la común definición, es “dar a cada uno lo que le corresponde”, en tiempo y forma.

 

La perfecta justicia distributiva de Dios radica en su misericordia para con todos, a menos que el ser racional se oponga libremente a ella.

Por ello concede gracias naturales y sobrenaturales a las creaturas y recompensa sus buenas obras.

 

La recompensa del bien y el castigo del mal no es obra sola de la justicia divina, sino también de su misericordia, ya que premia por encima de los merecimientos (“el ciento por uno”) y castiga menos de lo necesario.

 

Además, el perdón del pecado no es solo un acto de misericordia, sino también de justicia, porque está como contrapartida por parte del pecador el arrepentimiento y la penitencia.

 

La misericordia es señal del poder y majestad de Dios, ya que tiene piedad de todos porque todo lo puede, y utiliza su poder perdonando y ejerciendo la misericordia.

 

La sabiduría y conocimiento de Dios, o ciencia divina: El Señor tiene una inteligencia infinita. El primer objeto formal de su conocimiento exhaustivo y total es Él mismo.

Se autoconoce plenamente y encuentra en esta contemplación su felicidad suprema.

Secundariamente conoce todas las cosas creadas, pasadas, presentes y futuras, incluso los actos libres de los hombres que realizarán.

 

Esta sabiduría de Dios es creadora, con ella hizo todas las cosas.

Es además ordenadora, pues concede a cada cosa su finalidad y orden., haciendo que alcancen su fin.

Y además es una sabiduría que guía y gobierna todo con suavidad. A esto solemos llamarlo Divina Providencia.

 

La veracidad de Dios: Siendo la Verdad, Camino y Vida, como dice Jesús de Sí mismo, no puede engañarse ni engañarnos.

Es la Verdad absoluta, y en esto echa por tierra cualquier relativismo con relación a ella.

 

La simplicidad: Simple es lo que no es compuesto por parte alguna.

Dios es substancia o naturaleza simple, indivisible por lo tanto en parte ninguna.

No existe en él ninguna composición (de “compuesto”) ni física ni metafísica.

 

Por lo tanto Dios es espíritu puro y absolutamente simple, sin composición alguna de materia, ni de sustancia y accidente, materia y forma, naturaleza y género.

 

Dios Es. Es el que Es: Yahvé.

 

 La unicidad: Dios es único y sólo Él el Supremo. Si hubiera otros dioses, ya no sería el supremo, ni todopoderoso, y sus atributos caerían uno a uno, ya que los mismos son su esencia y se identifican con ella y entre sí.

 

La infinitud, la inmensidad, la inconmensurabilidad, lo ilimitado, lo incircunscripto, lo inabarcable: Dios es infinito. Esto quiere decir que carece de límites témporo-espaciales. Lo abarca todo por su poder de inmensidad y en todas partes está por su omnipresencia, presencia que lo abarca todo. Se encuentra en todo espacio creado.

 

Y se encuentra como causa de su existencia en todo creatura que fue hecha por Él.

Esto produce la conservación de las creaturas, que de lo contrario dejarían de existir.

 

Es inconmensurable (no admite “mensura”, medida), ilimitado, todo lo abarca.

 

Dios es infinito, carece de medida, es inconmensurable, en su inteligencia y voluntad, en su capacidad de conocer, autocontemplarse y amar operativamente.

 

La omnipresencia: Aparte de la mencionada natural y creatural, existe una omnipresencia gracial y sobrenatural, que es la inhabitación divina en el alma de los justos.

 

La eternidad de Dios: En Él no hay sucesión de acontecimientos ni de horas.

No tiene principio ni fin. Un eterno presente es su esencia permanentemente.

 

La inmutabilidad: Dios no cambia como los seres humanos: ni de ánimo, ni de pensamiento, ni de voluntad.

Su inteligencia y voluntad están ancladas en sus designios eternos, que son inmutables, incapaces de cambiar, por su perfección intrínseca.

 

Nunca pasa ni puede pasar de un estado al otro, en cualquier aspecto que se considere:

“Descansa obrando y obrando descansa” (San Agustín)

No deja de ser lo que es para ser lo que no era (cambio).

 

De allí también el término “inconmutabilidad”, en el sentido que no puede mutar, no puede mudar, cambiar, permaneciendo siempre el mismo en todo su ser.

 

La inefabilidad: Dios es inefable, en cuanto nada podemos decir de Él.

Es más, lo que decimos lo decimos por medio de analogías, semejanzas con nuestra vida creatural sumergida en el tiempo y en el espacio, y es más lo que no decimos que lo que podemos decir.

 

Esta incapacidad de expresión que dista entre lo creado y lo increado, lo denominamos “incomprensibilidad”, ya que lo que comprendemos lo hacemos con nuestra limitada capacidad de inteligir.

 

De allí también el término indecible.

¿Qué podemos decir de Él, más que por medio de comparaciones y semejanzas temporales que infinitamente distan de su realidad eterna e inconmensurable?

 

Y por eso le decimos el innombrable.

Por más que en Éxodo 3,15 se haya abajado a decirnos algo de su nombre, la mayoría de Él, que es su misma persona, ya que el nombre se identifica con la persona y la manifiesta, permanece oculto, a descubrir en una “epéctasis” (novedad) permanente en la eternidad, de luz en luz y de gloria en gloria, sin nunca saciarnos plenamente, aunque estaremos saciados, pero con capacidad de más (en esto radica lo novedoso y dinámico del cielo, y no lo estático de la eternidad que a alguno le pareciere).

 

Es increado: Se deriva de su eternidad, sin un antes ni un después, siempre existe en un eterno presente autoposeído.

 

Y su libertad se demuestra ampliamente en la creación, redención y santificación, y en su modo de realizarlas.

 

Tiene la libertad de obrar, y de decidir cómo va a obrar.

 

Contrariamente, necesariamente se quiere y ama a sí mismo, se autoposee y contempla, y en ello encuentra su felicidad suprema.

 

Y sus designios libres creacionales, redentores y santificadores, coexisten en su esencia libre desde toda la eternidad.

 

Gustavo Daniel D´Apice

Profesor de Teología

Pontificia Universidad Católica

Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación

http://es.catholic.net/gustavodaniel

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gustada@uolsinectis.com.ar

 


domingo, 11 de abril de 2010

La comunión en la mano y otras cuestiones litúrgicas.

Algunas cuestiones litúrgicas sobre el altar, las velas, las flores, y la comunión en la mano:



El Altar, el crucifijo, las velas y los santos.
La eucaristía en la mano.


¿Qué simboliza el Altar en el culto católico?


El Altar en el culto católico significa a Jesús Resucitado.

Es el Altar de la Cruz, en donde se produce la Pascua de nuestra salvación.

Es el altar donde Jesús es inmolado, donde se produce el misterio pascual, donde Jesús es crucificado y donde resucita como primicia del rescate de nuestro cuerpo, alma y espíritu.

Es donde están las dos caras inseparables de la misma moneda, del acontecimiento de la Pascua: Jesús crucificado de un lado, Jesús resucitado del otro.

Jesús resucitado, la realidad. Jesús crucificado, el paso hacia la realidad total.

Viene del latín “altare”, que es el lugar propio donde se coloca la ofrenda para la divinidad.

Recordemos que Jesús en su inmolación es sacerdote, víctima y altar:

Sacerdote que ofrece, víctima que se ofrece, y altar donde es ofrecido el sacrificio.

En el altar se ofrece Él mismo a Dios Padre por nosotros.


El crucifijo.


La Cruz con Cristo debe estar en toda celebración litúrgica, sobre el altar o cerca de él, y mirando al Pueblo.

Es una explicitación del significado del Altar y de lo que se celebra en él.

Jesús ya no está en la cruz porque su cuerpo está resucitado, como estarán los nuestros también al final de los tiempos.

Pero ella nos recuerda el amor de dar la vida por los amigos, por cada uno de nosotros, y la posibilidad de unir nuestros sufrimientos amorosamente a los suyos para redimirnos y ayudar a redimir a los demás (Colosenses 1,24), y poder participar y “pasar” (paso, Pascua) de este mundo al Padre en una vida feliz y dichosa sin enfermedad, muerte, luto ni dolor (Apocalipsis 21,4).

Y de que vamos a resucitar como Él.


¿Por qué se saluda al Altar?


El Altar es el Centro de la celebración eucarística de la Misa.

Por eso se saluda al altar en diversas ocasiones, o cuando se pasa delante de él, ya sea para trasladarse en el Templo, proclamar alguna lectura bíblica, etc.

Es besado por por los sacerdotes y diáconos al comenzar la celebración litúrgica, y por quien preside al finalizar.

El incienso, el mantel, las flores y las velas.


Muchas veces se lo inciensa, queriendo así ofrecernos nosotros mismos, con nuestros actos, sufrimientos, alegrías, esperanzas y desdichas, oraciones y sacrificios, a Dios, junto a la víctima que se inmola, y significando el respeto y veneración que debemos a la divinidad allí presente, y como nuestro espíritu se eleva hacia Él en el Altar.

Se lo adorna con flores, significando la alegría de la presencia de Jesús Resucitado en él, y también se lo cubre delicadamente con mantel blanco de gloria para la celebración, y se encienden sobre él velas, que simbolizan a Jesús-Luz, Jesús Luz del Mundo (Juan 8,12), luz de la cual queremos participar y que ofrecemos también al Padre con nuestros espíritus alertas y vigilantes, bien despiertos como en la mañana de Pascua (Marcos 14,38).


¿Por qué se prenden velas a los santos en las Iglesias?


En ciertas ocasiones, fiestas, o solemnidades, solemos encender también velas en las imágenes de los santos, no sólo en las Iglesias, sino también en nuestras casas o grutas, ya sean públicas o privadas.

Significan nuestra oración y nuestro espíritu alerta a la voz de Dios, como que se quiere quedar así y allí.

Nos suplantan en nuestra presencia física y atención y suplen nuestra fragilidad en nuestra atención y permanencia corporal orante.

En el caso de los santos, simboliza que queremos quedarnos allí, con ellos, junto a Dios, como es en la realidad, orando e intercediendo por nuestras necesidades y por las de todo el mundo, dando gracias, alabando y adorando a Jesús, el único mediador entre Dios y los hombres (I Timoteo 2,5), al Padre y al Espíritu.

Nuestra intercesión pone de manifiesto más aún la única mediación universal de Jesús Resucitado ante Dios, a la cual nos unimos y de la cual participamos, resaltándola, así como nuestros sufrimientos amorosamente los unimos a los Suyos, y co-laboramos con nuestra redención y la de nuestros hermanos (Colosenses 1,24), a ejemplo del apóstol Pablo y de tantos seguidores de Jesús a través de los tiempos.


Actualmente recibimos la Eucaristía en la mano, ¿es correcto?


Recibir la eucaristía en la mano es una participación más activa del sacerdocio común de los fieles otorgado en el Bautismo, y demuestra la colaboración del sacerdocio ministerial en nuestra santificación, ya que el sacerdocio ministerial, que tiene una diferencia esencial y no de grado, está al servicio del sacerdocio común de los fieles, y ello lo hace depositando en la mano del cristiano consagrado por el Bautismo las santas especies consagradas.

Las manos, que dan como fruto el pan y el vino con su trabajo, reciben ahora lo que ellas mismas elaboraron y ofrecieron, pero transformadas en el Cuerpo Resucitado de Jesús, con su alma y divinidad; la ofrenda ha sido transubstanciada y retorna transfigurada por las manos del ministro consagrado.

Y reciben los fieles también en sus manos consagradas con todos su ser en el Bautismo, la Eucaristía como en un trono, como en un altar, en el que se deposita la víctima transfigurada, que con toda reverencia es recibida de manos del ministro y colabora activa y no pasivamente en su recepción, de una forma más evidente.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica
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La alegría del Adviento y de la Cuaresma.

Las fechas del comienzo del Adviento y de la Cuaresma.y los Domingos de Alegría.



El Adviento:


Convendría saber que para determinar el comienzo del Adviento, que consta de 4 domingos, se parte de la fecha fija de la Navidad, que siempre es el 25 de diciembre.

De allí se establece el cuarto domingo, que es el anterior al 25, y progresivamente hacia atrás hasta establecer el primer domingo de Adviento.

Por ello la duración del Adviento puede variar: Si el 25 cae de lunes, el domingo anterior es el cuarto, y por lo tanto hay 21 días en total de Tiempo de Adviento desde el primer domingo hasta el día anterior a Navidad.

Si, en cambio, el 25 es un domingo, habrá que remontarse hasta el domingo anterior para que sea el cuarto, y de allí al primero: En total, esta vez serán 27 días de Adviento hasta el día de Navidad.

Y así sucesivamente si cae en la semana entre el martes y el sábado.


La Cuaresma:


En cambio, con la Cuaresma es distinto para fijar su fecha de comienzo, ya que la Pascua no tiene fecha fija en el calendario civil.

Considerando la Última Cena de Jesús y por lo tanto el Paso (Pascua) del Mar Rojo por los israelitas, se establece que la misma y posterior Resurrección de Jesús es en la luna llena que está entre marzo y abril.

De allí que, establecida la Pascua dentro de esta luna llena, y considerando el día 14 del mes de Nisán en que los judíos comían el cordero pascual como lo hizo Jesús en la Última Cena, se establece la Pascua cristiana 3 días después de esta fecha (domingo de Resurrección), y el comienzo de la preparación (cuaresma), cuarenta días antes de la Cena Pascual, que corresponde al miércoles de ceniza, fecha que da inicio a la cuarentena cuaresmal.

Actualmente se omiten como días cuaresmales las solemnidad de San José (19 de marzo) y la de la Anunciación del Señor (25 de marzo), para que la cuenta dé perfecta.


¿Por qué usamos color rosado en la Liturgia el 4º domingo de Cuaresma y el 3º de Adviento?


El color rosado en los ornamentos litúrgicos es un signo de gozo, de alegría (por ello esos domingos se llama de “gaudete” o “laetare”, que significan gozo y alegría en latín, que sigue siendo la voz oficial de la Iglesia).

Y esa alegría es porque, en medio de la espera ya sea de la Navidad en Adviento, ya sea de la Pascua en Cuaresma, y llegando ya a su final, se avizora la Venida del Mesías en Belén o la Resurrección en el Triduo Pascual.

Es que luego del cuarto domingo de Adviento llega inexorablemente la Navidad, el 25 de diciembre. Por ello el tercer domingo de este Tiempo lo celebramos con ornamentos rosados, de fiesta en medio de la espera, de alegría por la proximidad de la Venida del Salvador.

De la misma manera, en la Cuaresma, luego del quinto domingo llega la Semana Santa, que culminará en el Triduo Pascual con la Resurrección de Jesús, luego de su muerte amorosa en la Cruz. Por ello el cuarto domingo es celebrado con gozo, con alegría, como una pausa dentro de la espera ante el Acontecimiento que se avecina, y por ello utilizamos ornamentos rosados en la celebración eucarística.



Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
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martes, 30 de marzo de 2010

La Revisión de Vida.

¿Qué es el examen de conciencia?

Revisión de vida.

El examen de conciencia es parte de un proceso en el que examinamos nuestra vida, nuestros comportamientos, nuestras acciones, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestra mente y nuestro corazón.

Lo bueno y lo malo.

Esta revisión abarca lo bueno y lo malo que hayamos pensado, dicho, hecho, omitido, a fin de afianzar y reafirmar lo bueno, proseguirlo y aumentarlo, y repudiar lo malo, rechazarlo, y proponernos no seguirlo realizando.

El recurso a Dios.

En el creyente, aparte de la fuerza de los sentidos y de la voluntad, está el recurso a Dios, a Jesús, al Espíritu Santo, a fin de hacer crecer lo que va bien, y desechar y desenraizar lo que va mal.

Este recurso a Dios se da leyendo la Biblia, orando en un acto de tratar de unirme a Él, intercediendo, pidiendo perdón, alabándolo y dándole gracias.

Distintos sectores del examen de conciencia.

Distintos son los campos o sectores que abarca un buen examen de conciencia, una buena revisión de nuestros pensamientos, palabras, acciones, omisiones; nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro corazón.

Mi relación con Dios.

Lo primero que debe abarcar esta revisión es la relación personal con Dios Padre, con Jesús, mi amigo y Señor, y con el Espíritu Santo, guía e inspirador vital.

Con relación a Dios Padre, esencialmente el considerarme su hijo y comportarme filialmente como tal, obedeciendo a su Voluntad, manifestada en Jesús y susurrada en nuestro interior o a través de los acontecimientos por el Espíritu Santo.

También la confianza en su Providencia, sabiendo que ni uno solo de nuestros cabellos cae sin su permiso, y que si viste a los lirios del campo y alimenta a los pájaros del cielo, mucho más hará por nosotros, creaturas hechas a su imagen y semejanza y capaces de portar vida divina por la gracia, participación en su naturaleza de Dios.

Con referencia a Jesús, consistirá en ver si soy su amigo y hermano, si camino junto a Él, si lo tengo a mi lado durante el día y la noche, si es más importante que todas las personas y que todas las cosas, y, que en fin, lo es todo para mí.

Y con respecto al Espíritu Santo, si siento sus inspiraciones, si soy fiel a ellas, y si me dejo conducir por Él, ya que los hijos de Dios son aquellos que son conducidos por su Espíritu.

Mi relación conmigo mismo.

Esencialmente consiste en si me sé aceptar y perdonar.
Sin juzgarme, porque quién conoce lo íntimo del hombre, sino el Espíritu de Dios que está en Él, el único capaz de juzgar.

Examinando la bondad de mis pensamientos, la falta de rencor en mis emociones, el no querer más de lo que está a mi alcance, el no envidiar ni a las personas ni los bienes ajenos, el compartir libremente el amor, contrario a los celos, el cuidado de la salud y del cuerpo en sus justas y sanas dimensiones, al igual que de la psiquis, el sueño y el descanso reparador, el alimento balanceado e indispensable, etc.

Mi relación con los demás.

Esencialmente la buena relación con los que me rodean, sean familiares, amigos, vecinos, compañeros de estudio o de trabajo, etc.

Siempre una sonrisa, la amabilidad, la educación, el buen trato, el saludo cordial.
Evitar la discordia, la falsedad, la murmuración, la difamación y la calumnia.

Ni qué decir de las peleas y los enfrentamientos.

Mi relación con las cosas.

El universo que me rodea es parte de la creación de Dios y de la colaboración trabajadora y solidaria de mis hermanos los hombres, creaturas suyas también.

Es importante el cuidado ecológico de la tierra, el aire, el agua.
La naturaleza es un tesoro preciado y gratuito que está al alcance de todos y que debemos cuidar y hacer desarrollar con nuestro amor y esfuerzo muchas veces.

El reino vegetal embellece y oxigena nuestra casa planetaria, y el reino animal cumple su función vital en el cosmos existente.

Sin caer en antropomorfismos, se debe cuidar de las plantas y de los animales, y evitar la crueldad en el trato con ellos.

Mucho ayuda el cuidado del reino animal y vegetal a la sana convivencia entre los hombre, y son motivo de regocijo y distensión.

E incluso en este ámbito tiene relevancia el orden y la belleza que creo a mi alrededor.

Los frutos del examen de conciencia.

Sin duda que los frutos de la revisión vital o del examen de la mente, la memoria y el corazón, es desarrollar nuestras potencialidades, incentivando lo bueno, como se ha dicho, el querer ser mejores, no que los demás, sino con referencia a nosotros mismos, y tratar de desechar todo aquello que se interpone maliciosamente de nuestra parte en el camino de la vida.

Requiere arrepentirnos de los malo y alegrarnos de lo bueno, pedirle perdón a Dios de corazón por lo que no hemos hecho, pensado, hablado, omitido bien, y pedirle acreciente nuestros esfuerzos potenciando todo aquello que es capaz de hacernos felices a nosotros y a los demás.

El católico practicante acompañará todo esto de la confesión sacramental con el sacerdote instituida por Jesucristo, y cumplirá con la satisfacción o penitencia que éste le imponga, lo que no obsta otros medios ascéticos para quitar lo malo e incentivar lo bueno, impulsados por el Espíritu que obra en nosotros.

Siempre, hecha con sinceridad, responsabilidad y “buena conciencia”, tendrá frutos de justicia y santidad, alegría y esperanza concretas, echando fuera la desazón, la desesperanza, y la desdicha de la vida sin progreso personal, no tanto en lo material, sino en lo esencial del ser más y mejor.

Gustavo Daniel D´Apìce
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica
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El laico comprometido.

El cristiano y el pecado mortal.

Ser cristiano es seguir incondicionalmente a Jesús, amarlo, imitarlo, configurarse con Él, ser su amigo entrañable.

El pecado mortal es cuando, en un acto deliberado y libre, me aparto concientemente de Jesús, y así deseo hacerlo, es voluntario.

Por lo tanto, pierdo la comunión con Él. La unión que hasta entonces tenía la rompo para seguir un camino distinto al de la configuración con Jesús.

Cuando esto sucede y me arrepiento, es decir, quiero seguir unido a Jesús, no tengo que dudar en levantarme rápidamente, pedirle perdón con mucho amor y restablecer la comunión perdida.
Para el católico practicante, esto incluye el deseo y propósito de confesar luego este alejamiento de Jesús con el sacerdote autorizado.

De todas maneras, Jesús perdona cuando uno se arrepiente, cuando tiene contrito el corazón, cuando le pesa amorosamente el haberlo ofendido.
Y ya está levantado y en gracia y, más aún, con una gracia y una unión con el Señor más profunda y más duradera que la que antes de caer había tenido.

Porque “volvió a la Casa de su Padre”, como el hijo pródigo, y el Padre misericordioso lo viste con mejores ropas que las que se había ido, y le sirve un banquete que no lo había hecho antes de su despedida.

El perdón visible y externo, desde afuera, en nombre del mismo Jesús, del sacramento de la reconciliación, no hace más que afianzar y manifestar públicamente lo que ya ha ocurrido en el corazón agraciado del penitente.

¿Se deja de ser cristiano cuando uno comete un pecado mortal?

Ahora bien, uno podría preguntarse si deja de ser cristiano al separarse así del Señor Jesús, del cual era su amigo y su hermano.

En el momento mismo del pecado grave, se pierde al amor puro por Jesús, que era lo que lo mantenía unido a Él, por la elección de algo (persona o cosa) que lo separa del Señor conciente y libremente.

Pero Jesús en el Evangelio (frase luego repetida muy a menudo y con mucho ánimo por el Papa Juan Pablo II), muchas veces, más que pedir, ordena levantarse: “-¡Levántate!”, enseguida, pronto, no te quedes más postrado ni lamentándote. No te desesperes.

Si te levantas con un corazón amorosamente entristecido, compungido, arrepentido, de tu pecado, ya estás con Él.

De todos modos, como antes decía, en el momento mismo haz perdido la comunión amorosa con Jesús. Pero puedes mantener tu fe, el creer en Él de todos modos, y la esperanza, principalmente de la Vida que Él ha venido a traerte.

Por lo tanto no dejas de ser estrictamente “cristiano”, pues no lo desconoces ni dejas de esperar en Él tal vez.

Pero has roto la comunión. Es como que a esa fe y a esa esperanza les falta vida, están como aletargadas, moribundas, han sufrido un shock que les impedirá crecer y desarrollarse.

Si vuelves a Jesús con amor, allí sí Él te levantará. Tu amor para con Él se hará más fuerte aún, tu unión con Él más potente y deleitosa, tu comunión impedirá que de Él te separes.

Y la fe volverá a ser viva, vital, aquella que por los frutos de da a conocer, y los frutos serán mayores y mejores aún.

Y la esperanza se tornará un torrente de agua viva que fluye de todo tu ser comunicando la Vida en Abundancia que Jesús te vino a traer, y que es vida eterna, que viene del Padre del Futuro siempre Nuevo, y que es Vida que cura, sana, reconcilia y libera.

Ahora sí, tu cristianismo que era casi de “nombre” por el pecado, vuelve a ponerse vigoroso, vital, lleno de impulso y entusiasmo.

Haz vuelto a ser plenamente “cristiano”, es decir, seguidor de Jesús, unido a Él en las buenas y en las malas. Hijo del Padre Dios y tu corazón está abierto a lo que el Espíritu Santo te inspire realizar.

¿Qué es un laico comprometido?

Un laico comprometido, se entiende que es un laico comprometido con Jesús.
Por lo tanto lo sigue, está a su lado, unido a Él, y, como Jesús, trata de hacer la Voluntad del Padre en el servicio de los hermanos.

Todo laico, por su bautismo, renovado siempre concientemente, debería estar comprometido con Jesús.

Es como si me dijeran que un sacerdote o una religiosa no están comprometidos con Jesús.

El bautismo es la consagración cristiana, y de no renunciar al seguimiento de Jesús, se supone que lo hace comprometido por el mismo hecho de ser cristiano.

Y como consecuencia de este seguimiento de Jesús unido a Él es feliz.

Ahora bien, alguien me pregunta: “-¿Es pecado mortal no ser laico comprometido?”.

Y la respuesta es: Si eres laico cristiano, estás comprometido con tu Señór.
Sino, ni eres laico y por lo tanto tampoco comprometido.

Alguien que se estime cristiano en el mundo y con los quehaceres del mundo (familia, estudio, trabajo, deporte, etc.), no puede dejar de estar comprometido con el Reino de Jesús si se dice tal.

Por lo tanto, considerarse laico cristiano en el mundo y no comprometerse con Jesús ni con los hermanos en la edificación de la humanidad nueva, es llevar una vida pobre, frágil, débil, mediocre en su fe, esperanza y caridad.

No sé si será pecado mortal, depende de las acciones desordenadas que haga en su vida, pero sí que esta vida es chata y, posiblemente, poco feliz.


Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
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viernes, 26 de marzo de 2010

La Semana Santa

La Semana Santa.


Es también llamada por los cristianos la Semana Mayor del Año, ya que en ella se actualizan los misterios de la salvación realizados por Jesús, el Hijo de Dios enviado por el Padre con el poder y la fuerza del Espíritu Santo.

Ella comienza el Domingo de Ramos, en el que Jesús entra en la ciudad de Jerusalén aclamado por sus seguidores, que agitan ramas y arrojan mantos a su paso, como el Rey esperado por los judíos como Mesías y Señor.

Ante este acontecimiento, las autoridades de su tiempo, deciden acabar con Él, y al no decidir los romanos sobre cuestiones religiosas para un enjuiciamiento civil que pueda llevarlo a la muerte, los jeques judíos no dudan en presentar su aspecto de “subversivo” contra el poder imperial.

Esto acarrearía un serio problema al entonces gobernador del lugar Herodes, ya que las sediciones judías tenían poco más que harto al emperador de Roma.

Especialista en Derecho, el administrador de justicia romano ve la inocencia de Jesús, pero ante la impaciencia del pueblo, incentivado por sus líderes religioso-políticos, decide que su suerte corra a voluntad de ellos que, eligiendo la libertad de Barrabás para esas fiestas pascuales, proponen la condena de Jesús.

Lunes, martes y miércoles santo son un acompañamiento de Jesús en este proceso judicial injusto, lleno de despedidas.

El jueves por la tarde, luna llena después del equinoccio de primavera, 14 del mes de Nisán judío, Jesús celebra la Pascua con sus discípulos. Todo padre de familia lo hacía con la suya. Era el recuerdo de la libertad a través del paso del Mar Rojo, cuando los israelitas conducidos por Moisés salieron de la esclavitud de Egipto.

En la liturgia católica, ha terminado la Cuaresma y se entra en el corazón celebrativo del año: El Triduo Pascual.

Terminada la cena eucarística en la que entrega su cuerpo y su sangre que al día siguiente ofrecerá en la Cruz, cruza el torrente del Cedrón para ir a orar al Monte de los Olivos.

Judas, en la Cena novedosa y trágica, ya había salido para entregarlo y señalarlo ante las autoridades religiosas judías.

En el Monte, pide la compañía cercana de Pedro, Santiago y Juan, aquellos que más participaron de sus andanzas por Palestina, y que contemplaron la Gloria de la Pascua anticipada en el Monte Tabor.

Vencidos por el sueño, ensayan una última defensa cuando Judas se aproxima con soldados y otros más para aprehenderlo.

Llevado, Jesús es juzgado como blasfemo (querer hacerse Dios siendo un hombre solamente) ante las autoridades religiosas, y condenado por tal.

Ante las autoridades civiles, cambian el cargo (irrelevante para los romanos), y lo acusan de atentar contra el poder del César emperador.

Toda la noche del jueves al viernes transcurre entre estas idas y venidas (“entre gallos y medianoche”), tratando de acusar y hacer condenar a Jesús a muerte, no sin torturarlo e infligirle numerosas torturas corporales, psicológicas y espirituales.

Finalmente, el viernes al mediodía se logra la condena y a las 3 de la tarde es ejecutado.

Lo acompañamos aquí también con distintas celebraciones, y quedamos expectantes ante la tumba en un silencio contemplativo y amoroso hasta el sábado al anochecer.

Allí se celebra la fiesta más grande y significativa del mundo católico, la Vigilia Pascual.
Se anticipa lo que sucedió al amanecer del domingo, cuando Jesús retorna glorificado con su mismo cuerpo, pero ya resucitado y novedoso, a la vida sin fin.
La Pascua durará litúrgicamente cincuenta días, aunque en la realidad ya es eterna.

Hemos entrado en el octavo día; Jesús, en la historia, se escapa de ella para ser contemporáneo de todo hombre, y esperar que también resucitados, podamos estar juntos y con Él, corporalmente, sin enfermedad, ni muerte ni dolor, en el Día de su Venida Final.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica
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gusdada@uolsinectis.com.ar

La misión de San José

La misión de San José, Esposo de la Sma. Virgen María y Padre Virginal de Jesús.

(Fiesta litúrgica del 19 de Marzo) (Marzo, Mes de San José)

Previo al nacimiento de Jesús, en la concepción de éste, José tuvo su propia anunciación por medio del Ángel (Mt. 1,18-25), posiblemente Gabriel, el mismo que le anunció a María que sería la Madre del Mesías (Lc. 1, 26-38). Es pobre y ruin pensar que José quiso dejar su compromiso con María embarazada de Jesús, por la duda o la sospecha de que la Virgen hubiera tenido relaciones con alguien y haya quedado grávida por esa circunstancia.

Los habitantes de Nazareth eran pocos y se conocían bien. María, elegida por Dios desde su concepción para dar a su Hijo Divino una naturaleza humana perfecta, seguramente descollaría por sus buenas costumbres, sus virtudes, su simpatía, su belleza espiritual que resplandecería aún física y psicológicamente. Y esto no era desconocido para José ni para nadie. Era poco menos que imposible que, de repente, hubiera cambiado subrepticiamente y a escondidas, cayendo en fornicación o adulterio, cuando todo su movimiento era por el Espíritu Santo, que la había habitado desde su concepción inmaculada.

Más bien debemos ceñirnos a lo que acontece cuando hay una manifestación de Dios: Lo divino manifestado causa dos cosas en la persona: Lo primero, fascinación, asombro, extrañeza, admiración, sorpresa gratísima. Lo segundo, huída ante lo desconocido, no sentirse digno, pensar que no se está a la altura de lo que Dios pueda pedir. Esto es lo que aconteció con San José.

Ante la manifestación portentosa efectuada ante el anuncio del ángel a María, con la consiguiente encarnación del Hijo de Dios en su seno, asombrado y admirado pensó en dejar y apartarse de esta manifestación de Dios en ellos.

Algo parecido ocurrió con Moisés cuando Dios le habló desde una zarza que ardía sin consumirse (Ex. 3). Primero se acercó para ver ese hecho maravilloso de la zarza que, encendida en el fuego, no se consumía (Ex. 3,3). Y estaba admirado.

Luego Dios le habló desde allí (v.5). Y Moisés tuvo miedo. (v. 6b,11). Ahora María es la nueva zarza que arde en el fuego de Dios, y de ella sale la Palabra y la Virgen no se consume. Pero José, cercano a ella, se admira ante un espectáculo tan maravilloso, pero como Moisés, tiene miedo y quiere huir.

No es de extrañar que José tuviera las mismas prerrogativas que María: inmaculado en su concepción, siempre puro, padre virginal de Dios (cfr. Lc. 2,48), ascendido en cuerpo y alma glorificados a los cielos (ya hay ermitas cristianas católicas de Congregaciones religiosas dedicadas a la Asunción de San José); además, no hay por qué pensar que Jesús quisiera más a su madre que a su padre en la tierra..., y lo que hizo con ella no lo haya hecho con él.

No es de fe definida por la Iglesia, pera nada impide pensarlo. La josefología (el estudio orante y contemplativo de San José), avanza en ese sentido).

De lo contrario, más que una ayuda, hubiera sido una preocupación para la Sagrada Familia. Y, de ser pecador, hubiera dejado una secuela negativa en la formación psicológica del niño de Belén y Nazareth, como pasa, sin ser idealistas, con nuestros padres, a pesar de que cada uno piense que tiene los mejores del mundo.

¿Se lo imaginan: A más de las peripecias vividas por Jesús, María y José, que la Madre y el Hijo hubieran tenido que luchar por la conversión del Esposo y Padre virginal de la familia nazaretana? Parece obvio que no.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología Pontificia Universidad Católica
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